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Homilía en la Jornada mariana sacerdotal
Catedral de Ferrara, 9 de octubre de 1997


El Señor Jesús nos revela el misterio de nuestra salvación no solo con palabras, sino también con sus gestos. En este sentido, el milagro de Caná es un "signo", más aún, el "primero de los signos". Es un signo: una obra en la que Él desvela su misión salvífica. Es el inicio de sus milagros-signos: de algún modo, es como el arquetipo de todos sus milagros, y toda su misión está contenida aquí como en germen. Por eso, esta página debe ser leída, meditada, rezada con profunda docilidad al Espíritu Santo que la inspiró. Solo Él puede abrirnos todos los secretos que encierra.

1. Podemos adentrarnos en ella pensando que Cristo sitúa el inicio de sus milagros-signos en el contexto de un BANQUETE NUPCIAL. Desde los tiempos de los profetas (cfr. Is 25,6-12), el banquete es el símbolo que usa la Palabra de Dios para revelarnos en qué consistirá la salvación en los últimos tiempos. Es el don de un alimento y una bebida que sacian los deseos del corazón humano en toda su plenitud. Acontece como una experiencia de comunión interpersonal vivida en la alegría. Fue la experiencia que vivieron algunos privilegiados de Israel, como narra el Éxodo: "Vieron al Dios de Israel... No extendió su mano contra los notables de Israel: vieron a Dios y, sin embargo, comieron y bebieron" (Ex 24,10-11). Y cuando el creyente quiere describir la atención que el Señor tiene por quienes lo aman, una atención que no deja faltar nada, dice: "Preparas una mesa ante mí frente a mis enemigos" (Sal 23,5).

Pero no se trata de un banquete cualquiera: es un banquete nupcial. El encuentro del hombre con Dios, la experiencia de la salvación, tiene el carácter de la conyugalidad. Subraya el carácter de la recíproca pertenencia ("Yo seré tu Dios, y tú serás mi pueblo"), de la ternura amorosa ("La atraeré a mí... y hablaré a su corazón": Os 2,14), de la fidelidad indisoluble ("Te desposaré conmigo para siempre": Os 2,21).

Esto es lo que ocurre entre Dios y el hombre cuando este acepta el don de la salvación: se celebra un banquete de bodas entre el hombre y Dios.

2. En el contexto de un banquete nupcial, Cristo da inicio a sus milagros-signo transformando el agua en vino, concretamente dando abundancia de vino a quienes carecían de él. ¿Por qué se eligió el (don del) vino como arquetipo de todo don salvífico? Cristo conocía como nadie la Sagrada Escritura. ¿Y qué decía la Escritura sobre el vino? "El vino es como la vida para los hombres... ¿Qué vida tiene quien carece de vino? Este fue creado para alegría de los hombres. Alegría del corazón y regocijo del alma es el vino bebido a su tiempo y con medida" (Sir 31,27-28). La vida necesita el vino porque necesita la alegría. Fuimos creados para la alegría. Así, el vino se convierte en el signo preferido del tiempo mesiánico, del tiempo de la salvación. Y su abundancia indica siempre la plenitud de los dones salvíficos, la riqueza desmedida de los beneficios de Dios Salvador. "Hijos de Sión, regocijaos en el Señor, vuestro Dios... Las cubas rebosarán de mosto... Y sabréis que estoy en medio de Israel" (Jl 2,23-27).

El signo-milagro con el que Jesús inicia todos sus signos-milagros comienza a perfilarse en toda su potencia expresiva, en su gloria. En el banquete nupcial se vislumbra la salvación que el hombre busca; pero en él, al final, falta el vino: surge un vacío de sentido, pues ¿qué sentido tiene celebrar unas bodas sin vino? Cristo es quien llena este infinito vacío de sentido: Él da el vino. En este don participa, y de algún modo es responsable, su Madre. En verdad en esta página está escrita, en germen, toda la historia de la salvación. Hagamos memoria de ella con un profundo espíritu de alabanza.

3. En el banquete nupcial ya se vislumbra la búsqueda de la salvación por parte del hombre. El matrimonio se inscribe en la dimensión más profunda de la persona humana. Busca responder a la necesidad del hombre y de la mujer de salir de su soledad; intenta colmar la exigencia de una verdadera comunión interpersonal. Esta es su íntima verdad, su significado originario ("y serán los dos una sola carne"): constituir una unidad en y a través del don de sí. No es, como quiere hacernos creer la cultura dominante, una negociación sobre cómo hacer converger la búsqueda opuesta de la felicidad individual, una negociación siempre revisable porque sujeta al equilibrio entre dar y recibir. La persona humana se encuentra a sí misma en el don de sí: recibe cuando da.

Pero, ¿por qué al hombre y a la mujer que celebran su banquete nupcial les falta el vino? ¿Les falta esa "alegría del alma" de la que el vino es símbolo? No fue así "al principio": en el banquete nupcial originario no faltó el vino de la alegría. La Sagrada Escritura narra que cuando Adán vio por primera vez a su esposa Eva, entonó un breve y gozoso canto de amor: "Esta sí que es hueso de mis huesos..." (Gn 2,23). La alegría nace de la experiencia de una unidad íntima, total: la realización de su comunión, establecida por el Creador ("lo que Dios ha unido"), es el verdadero vino de su banquete nupcial.

El vino faltó porque en el corazón del hombre y de la mujer se extinguió la capacidad de amar, la capacidad de darse el uno al otro. Al rebelarse contra el Señor, destruyeron su comunión. En este contexto, entendemos la inmensa tragedia de las palabras evangélicas: "Faltó el vino".

Entre los misterios divinamente donados al hombre, sólo el matrimonio es señalado como "misterio grande" (Ef 5,32), porque es símbolo de la unión que Dios quiere construir con el hombre: símbolo de las vicisitudes de la Alianza. La ruptura de ésta por parte de Israel es llamada adulterio. Si el vino falta en el banquete que celebra el matrimonio, porque el hombre y la mujer han abandonado al Señor, en la perspectiva bíblica también es cierto que la falta de vino significa que la Alianza nupcial entre Dios y el hombre no se cumple.

4. Es Cristo quien, presente en el banquete nupcial, dona finalmente el vino que faltaba. Este don "anticipa" lo que Juan llama la hora de Cristo: de algún modo, está prefigurada en este milagro-signo.

"En Caná se anticipa la Cruz, el momento de la entrega del Espíritu al Padre para ser donado a los hombres no merecedores (Jn 19,30), cuando del costado traspasado del Hijo de Dios manará 'inmediatamente Sangre y Agua' (Jn 19,34), figura de la Economía mistérica del Espíritu Santo, misterio grande de la Iglesia Esposa, y la plena revelación de la Gloria divina. Así, Caná es el anticipo de esta Hora divina precisamente en el signo nupcial del Vino obtenido por la maravillosa transformación del agua. En esto está el 'principio' y el 'fin' de los Signos poderosos obrados por el Señor (Jn 2,11). Es el Signo absoluto, anticipo del Convite de las Bodas eternas. Y si el anticipo es insondable en su imprevisibilidad humana, sus efectos son decisivos e irreversibles, permanentes. Caná es Signo eterno." (Tommaso Federici, Resuscitò Cristo!, Ed. Eparchia di Piana degli Albanesi, Palermo 1996, pag. 1797).

Según los profetas, la Alianza nupcial entre el hombre y Dios sólo podría celebrarse con y en el don del Espíritu Santo. Sólo Él nos da amar al Padre, pertenecerle completamente en Cristo. Por el Espíritu Santo se consuma en Cristo la unión con el Padre. Él, el Espíritu Santo, es el vínculo conyugal.

5. Pero en todo esto actúa María, figura que está con Cristo en el centro de esta página. Y es sobre todo en ella donde, en esta celebración, queremos posar la "mirada sencilla" de la fe. Si Caná es el modelo-arquetipo con el que el Verbo encarnado revela su misión y nos descubre su identidad, contemplar a María en Caná equivale a contemplar a María en toda la economía de la salvación.

- Ella está presente: "Estaba allí la Madre de Jesús" (Jn 2,1). Sólo Ella puede hacer que se anticipe la Hora, porque en ella se encuentra finalmente la persona humana creyente. Su consentimiento de fe hizo posible que se celebraran las bodas del Verbo con la humanidad; su fe pondrá en marcha la acción divina. El inicio de los signos se contrapone al inicio de la antigua maldición traída por el pecado, simbolizada en la mujer que da a luz con dolor (Gn 3,16): la Mujer, ahora, en su descendencia, pondrá fin al vacío de sentido.

- Ella interviene: "La Madre de Jesús le dijo: 'No tienen vino'" (Jn 2,3). Su intervención contribuye significativamente al inicio de los signos, aunque la respuesta de Jesús pareciera un rechazo. Aquí, en esta página, verdadera síntesis de toda la historia de la salvación, se revela a nuestros ojos creyentes toda la verdad de la maternidad de María, la nueva Eva. Es la solicitud de María por nuestra salvación; una solicitud que aquí toma la forma de la oración de intercesión. Esta presencia materna de María es una mediación: María se coloca entre los hombres, que no pueden celebrar el banquete, y su Hijo. Se sitúa como alguien que no es ajena a ninguno de los dos: es la Madre de Aquel que puede darnos el vino nuevo de la alegría mesiánica, y es consciente de nuestra pobreza, de nuestra desgracia, del sinsentido que nos amenaza. Ella presenta al Hijo el "vacío" del hombre ("No tienen vino") y a los hombres les presenta la voluntad del Hijo ("Haced lo que Él os diga"). La mediación mariana está totalmente orientada hacia Cristo; es la mediación de quien intercede por nosotros. "Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin interrupción [...] hasta el coronamiento perpetuo de todos los elegidos" (Lumen Gentium 62).

Por tanto, hermanos: en esta página contemplamos la "figura", el "signo" de toda la economía salvífica. En su centro está Cristo, el Verbo encarnado que nos da el vino de su Espíritu Santo. Este don se realiza a petición de María: ella es la espera pura, creyente, insistente, del vino nuevo. Así, las bodas pueden celebrarse, y el hombre reencontrar la fuente inagotable de la alegría.

Dentro de esta economía se sitúa nuestro ministerio pastoral. Vienen a la memoria las conmovedoras palabras del mayor de los profetas, Juan el Bautista:  "El que tiene la esposa es el esposo; en cambio, el amigo del esposo, que asiste y lo oye, se alegra con la voz del esposo " (Jn 3,29). ¡Qué descripción más conmovedora de nuestro ministerio! También cada uno de nosotros, como María, está presente y participa en la celebración de un matrimonio: la Alianza entre Dios, que en Cristo llama a cada persona a la vida eterna, y la persona misma.

Nuestro ministerio es presencia en la alegría inicial. El Señor es misericordia infinita: hacia el hombre es sólo misericordia. Él sigue transformando el agua en vino, invitando a cada hombre a esta fiesta. Y nosotros somos ministros de su alegría: no podemos amar a los hombres si no amamos su alegría. Pero "el que tiene a la esposa es el esposo": no somos dueños del rebaño que se nos ha confiado; somos sus servidores. Somos quienes conducen a la Esposa hacia el Esposo: quienes conducen a cada hombre hacia Cristo. Y, al mismo tiempo, somos los que unen su pobre oración a la omnipotente intercesión de María: "No tienen vino".

Han perdido, Señor, el sentido de la vida; han perdido toda alegría, porque prefirieron al vino de tu gozo el agua putrefacta de una libertad enloquecida. No tienen vino, porque se han hastiado en la indiferencia de quien ya no quiere distinguir lo verdadero de lo falso, el bien del mal. No tienen vino, porque ya no tienen esperanza.

Pongámonos, de este modo, dentro de la historia de la salvación: con María, a quien hoy encomendamos nuevamente nuestro ministerio, para que a través de él sea devuelto al hombre el vino nuevo de su banquete nupcial con Dios.


Traducción de José Antonio Santiago